LA ORDEN
sábado, 22 de agosto de 2015
LA BARCA, SÍMBOLO DE LA VIDA
La barca simboliza la travesía, el viaje por el mundo manifestado, y también por el más allá, principio de conservación y renacimiento de los seres.
Cuando nacemos tenemos nuestra primera barca en la cuna, la cual releva el seno de nuestra madre, que siempre queda en nosotros como el recuerdo de los orígenes. Éstos se traducen en las nostalgias inconscientes del retorno al útero, y su balanceo nos recuerda la felicidad de la seguridad despreocupada.
SUS ORÍGENES, SU HISTORIA, SUS MITOS
En las tablillas asirias se habla del diluvio. Nos cuenta la tradición caldea que Nuah viaja dentro del arca que flota sobre las aguas. El arca es el emblema de la Luna (Argha) o principio femenino. Y Nuah simboliza la inteligencia, el verbo que vivifica y fecunda la materia, la gobierna y anima, y es el espíritu que se remueve sobre las aguas. Éstas equivalen simbólicamente a la serpiente de las antiguas cosmogonías, el gran abismo de la materia sobre el cual boga el arca hacia el monte de salvación. Los animales encerrados en el arca simbolizan las pasiones humanas, y aluden a ciertas pruebas de la Iniciación en los Misterios instituidos en muchas naciones.
En una de esas tablillas, afirma la diosa Isthar:
Por seis días y noches dominaron el viento, el diluvio y la tormenta.
En el séptimo día calmó la tempestad y cesó el diluvio que todo lo había destruido como un terremoto. Las aguas volvieron a sus cauces y amainó el viento y cesó el diluvio.
Yo percibí la costa en el límite del mar.
.... al país de Nizir fue la nave (Argha o Luna); la montaña de Nizir detuvo la nave.
.... en el transcurso del séptimo día solté una paloma que se fue y no volvió...
Edifiqué un altar en la cumbre del monte.
En la India los textos puránicos nos cuentan que Vaivasvata salva a un pececillo en que encarna Vishnú para advertir por su boca a aquel justo varón del inminente diluvio que va a sumergir la tierra y ahogar cuanto en ella vive, por lo que le manda construir una nave en la que se había de embarcar con toda su familia. Así lo hace Vaisvasvata, e incorpora asimismo una pareja de animales de cada especie y una semilla de cada planta. Luego empezó a caer la lluvia. Entonces vino a colocarse delante de la nave un enorme pez unicornio, a cuyo cuerno ató Vaivasvata una soga, con arreglo a las órdenes recibidas, de modo que el pez pudiese remolcar la nave por entre los elementos desencadenados, hasta que, apaciguada su furia, el pez se detuvo con la nave en la cumbre de los Himalayas. Este Pez Vishnú (Matsya Avatara), es el Manú, legislador del ciclo actual y de los Vedas.
El relato más completo del diluvio nos lo da el Mahabharata. Una de las versiones de este relato afirma que Vaivasvata fue el progenitor de todos los pueblos de la tierra, y otra versión nos lo presenta, a manera de la leyenda griega de Deucalión y Pirra, arrojando guijarros en el limo dejado por las aguas para engendrar hombres.
En la tradición hebrea tenemos el Arca de la Alianza, situada en la parte más retirada del tabernáculo; contenía las dos Tablas de la Ley, la vara de Aarón y un vaso lleno de aquel maná del que el pueblo se había nutrido en el desierto. Era la prenda de la protección divina y los hebreos la llevaban en sus expediciones militares. Al trasladarla con gran pompa al palacio de David, los bueyes que tiraban del carro hicieron inclinar el Arca; según la tradición, aquel que la tocó para retenerla cayó al punto herido de muerte, pues no se toca en vano lo sagrado.
El arca conserva el conocimiento. Noé conservó el conocimiento antediluviano, es decir, todo el conocimiento de las edades antiguas, y el Arca de la Alianza todo el conocimiento de la Torá.
El Arca es el Argha de los Misterios en forma de nave. El Argha era un vaso oblongo, usado por los sumos sacerdotes como cáliz sacrificador en el culto de Isis, Astarté y Venus. Todas ellas representaban los poderes generadores de la Naturaleza y por tanto al Arca que contenía los gérmenes de todas las cosas vivas.
Isthar o Astoreth (la Luna) era un símbolo impersonal de la Naturaleza, el Barco de la Vida que lleva los gérmenes de todo a través del Océano Sideral sin límites.
La nave en forma de barco de la media luna encierra en sí todos los símbolos comunes del Barco de la Vida, tales como el Arca de Noé, el Yoni de los indios y el Arca de la Alianza.
Toda arca o altar, entre los egipcios, indos, caldeos o aztecas, era un símbolo del yoni o matriz de la Naturaleza. El arca de Osiris, con las sagradas reliquias del dios, era del mismo tamaño que el arca judía, afirma el egiptólogo S. Sharpe, llevada por sacerdotes con unas varas que pasaban por sus anillos en sagrada procesión, como el arca alrededor de la cual danzaba David, rey de Israel. Los dioses mejicanos tenían igualmente sus arcas. Diana, Ceres y otras diosas y dioses tenían las suyas.
Es notable la semejanza exterior de algunas de las arcas egipcias que tenían por remate dos figuras humanas provistas de alas, como el Arca de la Alianza.
El sarcófago que se encuentra en la pirámide de Cheops es símbolo del principio femenino, una "nave" simbólica o un vehículo en forma de bote, y un recipiente simbólico del germen de la vida. En los días de los Misterios de la Iniciación, el candidato que representaba al dios solar descendía dentro del sarcófago y representaba el rayo vivificador penetrando en la matriz fecundada de la Naturaleza.
Plutarco nos cuenta que el Sol y la Luna emplean como vehículos, en su ruta celeste, navíos de transporte.
Filón compara el arca de Noé con el cuerpo del hombre. Uno y otro presentan una forma rectangular, a las celdas del arca corresponden las cavernas de los sentidos, orejas, ojos y nariz.
En sus tratados De arca Noé moral y De arca mystica, Hugo de San Víctor se inspira en esta tradición y recoge también las grandes nociones de Orígenes, a las cuales se refiere explícitamente. El arca misteriosa es figurada por el corazón del hombre. Hugo la compara también a un navío. Estudia sucesivamente los diferentes elementos del arca para darles una triple interpretación literal, moral y mística.
El arca del corazón encuentra su análogo en el lugar más secreto del templo, donde se ofrece el sacrificio, que figura el centro del mundo. El arca conserva siempre un carácter misterioso. Jung descubre en ésta la imagen del seno materno, del mar en el cual el Sol es engullido para renacer. En el primer caso se la compara a menudo con el seno materno que produce la leche. (Aquí se asocia la leche con el Soma).
Es el vaso alquímico donde se efectúa la transmutación de los metales. Es también el vaso del graal. El tema del corazón como arca y vaso es un símbolo constante en la mística del período románico. El corazón del hombre es el lugar donde se opera la transfiguración.
El arca es un símbolo del cofre del tesoro, tesoro de conocimiento y de vida. Es principio de conservación y de renacimiento de los seres. En la mitología sudanesa, Nommo envía a los hombres el Herrero primitivo, que desciende a lo largo del arco iris con el arca que contiene un ejemplar de todos los seres vivos, de los minerales y de las técnicas.
El simbolismo más general de la copa se aplica al graal medieval, cáliz que recogió la sangre de Cristo y que contiene a la vez la tradición momentáneamente perdida y el elixir de inmortalidad. La copa contiene la sangre y por lo tanto es homóloga del corazón y en consecuencia del centro. Por eso el hieroglifo egipcio del corazón es una vasija.
El graal es etimológicamente a la vez un vaso (grasale) y un libro (gradale), lo que confirma la doble significación de su contenido: revelación y vida. El graal era designado también como el Vaisel: símbolo del navío, del arca que contiene los gérmenes del renacimiento cíclico y de la tradición perdida. La Media Luna equivale también a la copa y a la barca.
El símbolo del germen, de la tradición no desarrollada pero destinada a serlo en el ciclo futuro, se halla de nuevo en los símbolos de la caracola y de la letra árabe Nun (una semicircunferencia, el arca que contiene un punto: el germen).
Es de destacar cómo se complementan el arca y el arco iris, que aparece por encima de ella como signo de alianza. Se trata de dos símbolos análogos, pero inversos; uno relativo al dominio de las aguas inferiores, y el otro de las aguas superiores; que se completan para reconstruir una circunferencia: la unidad del ciclo.
La concha, al evocar las aguas donde se forma, participa del simbolismo de la fecundidad propio del agua. Su dibujo y su profundidad de caracola recuerda el órgano sexual femenino. Son innumerables las obras de arte donde vemos a Venus sobre una concha transportada por las olas del mar, o sentada en un carro en forma de concha marina.
Entre los aztecas, Teccaciztecatl, el de la concha, es el dios de la Luna. Su símbolo, la concha marina, representa la matriz de la mujer y significa nacimiento, generación; la Luna preside el nacimiento de la vegetación y de la vida en general.
La palabra "arcano" deriva etimológicamente de arca.
Timeo de Locres, hablando del Arca, la llama el principio de las cosas mejores. A nadie se le muestra el Arcano excepto al más elevado.
El arca es en la tradición cristiana uno de los símbolos más ricos: la morada protegida por Dios y salvaguardada de las especies; de la presencia de Dios en el pueblo de su elección; de santuario móvil que garantizaba la alianza de Dios y de su pueblo; y de la Iglesia. En el Cristianismo reviste el triple sentido simbólico de nueva alianza universal y eterna; de nueva presencia real y de nueva arca de salvación, no ya contra el diluvio, sino contra el pecado, abierta a todos para la salvación del mundo, donde los creyentes se acomodan para vencer las asechanzas de este mundo y las tentaciones de las pasiones.
Es también el más antiguo monumento cristiano, pues la Iglesia se halla representada por una nave y los apóstoles son pescadores y pilotos que la guían.
La barca de Pedro es el símbolo de la Iglesia, y la nave de los edificios de las iglesias tiene la forma de un casco de navío invertido y puede aparecer como instrumento de navegación celeste.
En los cementerios de Roma con frecuencia se ven esculpidas naves que marchan en dirección de un faro que brilla a lo lejos.
LA BARCA Y LAS FESTIVIDADES
En la gran ceremonia anual de los egipcios que se celebraba en el monte de Athyr, la barca de Isis era llevada en procesión por los sacerdotes y se comían tortas o bollos marcados con el signo de la cruz (ankh). Esto se hacía en conmemoración del llanto de Isis por la pérdida de Osiris, lo cual daba a la festividad de Athir un carácter solemne e imponente. Platón alude a las melodías propias del caso y afirma que eran antiquísimas. El Miserere que se canta en Roma deriva, de hecho, de dicho canto, y se le parece en su cadencia melancólica. Detrás del arca seguían doncellas cubiertas con un velo.
En Egipto y luego en Roma se celebraba una fiesta de la Nave de Isis, que tenía lugar en marzo, al comienzo de la primavera. Un navío nuevo, cubierto de inscripciones sagradas, purificado por el fuego de una antorcha, con velas blancas desplegadas, lleno de perfumes y de cestas, era lanzado al mar y abandonado a los vientos; debía asegurar una navegación favorable el resto del año. La nave de Isis es el símbolo del sacrificio a los dioses con vistas a la salvación y a la protección de todas las demás naves: representa a la comunidad de los hombres embarcados en la misma nave de la nación o del destino.
En la procesión de Isis, descrita por Apuleyo en su libro Metamorfosis uno de los sacerdotes llevaba como lámpara una góndola de oro que irradiaba la claridad más viva.
En Grecia, los atenienses agasajaban a su diosa patrona, Atenea, dedicándole sus más hermosos templos y sus mejores fiestas. Cada año celebraban las Panateneas, y cada cuatro años, desde el 566 a.C., la Gran Panatenea. Ambas festividades se unificaron en el siglo V. Se dice que fueron instituidas por Teseo para conmemorar la participación de Atenea en la guerra contra los Gigantes. La fiesta tenía lugar en julio y duraba varios días. Se formaban procesiones festivas y se hacían juegos atléticos. Los premios consistían en vasijas de barro llenas de aceite puro. En la festividad de la Gran Panatenea participaba toda la gente del Ática. Las más bellas y jóvenes muchachas de Atenas transportaban el velo de la diosa, que habían estado tejiendo durante muchos meses en su honor y se lo ofrecían llevándolo en un desfile que era el acto más importante de todas las fiestas. Lo transportaban en una simbólica embarcación en cuyo mástil ondeaba el velo de la diosa; era amarillo y adornado en oro, con bordados que representaba las batallas de Atenea contra los Gigantes. El desfile comenzaba en el Cerámico, siguiendo la calle Panatenea pasaba por el Ágora y llegaba a la Acrópolis.
Atenea es también la protectora e instructora de los artesanos, entre ellos de los carpinteros constructores de carros y navíos. Tektón, hijo de Harmón el Ajustador, construyó para Paris, con la ayuda de Atenea, la nave que llevó a Helena hasta Troya. Supuestamente Atenea asiste con sus consejos y ayuda a Danao, el inventor del primer navío.
Hesiodo, en su libro Trabajos y Días, atribuye únicamente a los servidores de Atenea la capacidad de ajustar las maderas curvas en el talón y acoplarlas al timón.
Cuando Atenea dirige la construcción de la nave de los Argonautas, ella misma va al Pelión para seleccionar los árboles que el hacha debe cortar. Ella enseñará al carpintero Argos el arte de medir con regla los travesaños de madera.
La barca también es un emblema de Jano, pues el dios navegaba por el tiempo en los dos sentidos, símbolo de la doble cara de su poder.
Recordamos también las innumerables navegaciones a la búsqueda de las Islas o del Vellocino de Oro por los Argonautas, que son siempre búsquedas del centro espiritual primordial o de la inmortalidad.
Entre los Celtas se encuentra el motivo de la barca solar tirada por cisnes.
Los Ashvins, dioses hindúes con cabeza de caballo, a veces tienen un navío por emblema.
La asimilación de la Media Luna a una barca es corriente entre los sumerios, donde el dios Luna, navegante del cielo, es el hijo del dios supremo Enlil; Enki, dios de las aguas y ordenador del mundo, es también un navegante.
En Japón el príncipe Ninigi, nieto de la diosa solar y organizador del Imperio, desciende también del cielo en un navío.
Según los viejos mitos, los cataclismos geológicos sobrevienen al término de cada ciclo, pero el mundo no es destruido, sólo alterado para que nuevas civilizaciones vuelvan a florecer. Éstas no nacen de la nada, sino del germen que guarda lo tradicional, germen que es transportado por una barca y que vuelve a renacer como el Ave Fénix, purificado, renovado, desprovisto de viejas formas que ya no son válidas, guardando siempre lo bueno a través del tiempo. La barca siempre nos trae la esperanza de un mundo nuevo y mejor.
sábado, 3 de enero de 2015
GRANDES DUDAS, GRANDES RESPUESTAS
La Filosofía siempre se ha destacado por ser una actitud de búsqueda, a través de preguntas, sobre el sentido de la vida, como por ejemplo, ¿qué es el amor, de dónde venimos, adónde vamos, acabamos con la muerte o no?
Todos los hombres de todos los tiempos se han preguntado sobre las cuestiones fundamentales de la Vida. En la medida que han cambiado las épocas y las alineaciones históricas, la humanidad ha cambiado el sentido de sus preguntas.
La Edad Antigua se preguntó por la relación del hombre con los dioses y nos ha dejado libros de una sabiduría exquisita como el Bhagavad Gîta de la India, el I-Ching o el poema súmero de Gilgamesh.
La Antigüedad Clásica se preguntó por la relación entre el hombre y su entorno: el universo y la sociedad. Es la filosofía que encuentra un vínculo entre el hombre y lo que le rodea: el ser humano dispone de la capacidad de comprender la razón, la proporción y la armonía que hay en las leyes de la naturaleza, porque el mismo tiene razón y proporción, y al comprender las leyes naturales puede cumplirlas y vivir en armonía consigo mismo y con el entorno.
En la Edad Media se preguntaron fundamentalmente por la fe. Muy limitados por la necesidad mística y la falta de conocimiento, los filósofos medievales querían saber si con la fe sola se podía lograr la salvación. Y si la fe y la razón eran enemigas o aliadas. La Iglesia sentenció que la fe era superior a la razón y que la investigación era propia de los herejes. Durante unos mil años, los filósofos y científicos fueron prisioneros del dogma religioso. Y aquellos que quisieron ir más allá del dogma fueron quemados en las hogueras o callados por los tribunales eclesiásticos.
En la Edad Moderna -que dicen que se inició con los Principia de Newton, de tal forma que alguien corrigió el Génesis del Antiguo Testamento, diciendo que Jehová mandó que apareciera Newton y se hizo la luz- se buscó la independencia de la religión y todo lo que sonara a metafísico, esotérico y se buscaron respuestas solamente en la naturaleza material.
Y en los dos últimos siglos, la Filosofía contemporánea, al desligarse de todo lo invisible, interno y caer en un proceso cada vez más materialista, ya no se ha preguntado por el alma ni por el pensamiento, se ha preguntado por lo concreto, por el cerebro como productor del pensamiento y por las conexiones dendríticas como procesadoras del pensamiento. Los filósofos se han dedicado a plantearse mil preguntas acerca del significado de los predicados y las frases, perdiendo la facultad de encontrar el sentido fundamental y natural de las cosas. De esta manera, la filosofía contemporánea se ha hecho incomprensible para la inmensa mayoría de la gente.
Este proceso histórico ha provocado que la Filosofía haya quedado encerrada en las cátedras universitarias y ha dejado al ser humano huérfano de respuestas válidas, cara a cara con el absurdo, la angustia existencial y el sin sentido de la casualidad y el azar. Cada vez que uno se pregunta ¿qué es la amistad, qué es el amor, que es lo esencial de la familia, qué futuro nos espera, existe la vida más allá de la vida?, etc., al no encontrar respuestas válidas se las deja en un rinconcito del subconsciente a la espera de mejores tiempos. Sin embargo, cada noche, vuelven a aparecer, cada vez que hay silencio a nuestro alrededor, las preguntas vuelven a buscar sus compañeras inseparables: las respuestas. Preguntas y respuestas van de la mano, como los pulmones y el aire. ¿Por qué tenemos pulmones? Porque hay aire y necesitamos respirar aire. ¿Por qué hay preguntas en nuestro interior? Porque hay respuestas. La compañera de la pregunta no es la duda ni la angustia, estas son consecuencia de enterrar las preguntas, surgen del secuestro de las preguntas fundamentales.
Como todo extremo lleva inexorablemente a su contrario, al agotarse la experiencia del sin sentido, volvemos a buscar un sentido a nuestra relación con la naturaleza y el universo. Y volvemos la mirada hacia atrás para encontrar respuestas, porque volvemos a preguntarnos, ¿quién soy, de dónde vengo, hacia dónde voy? Respuestas que encontramos en los viejos libros de Filosofía oriental y occidental. En las universidades se dice que la Filosofía nació en Grecia, pero eso es como decir que las rosas nacieron en Francia. La Filosofía nació con el primer hombre que se preguntó: ¿quién soy yo? Todos los pueblos de todos los continentes y de todos los tiempos, han hecho Filosofía.
A veces se ha pensado que la Filosofía no es práctica e, incluso, se ha prescindido de ella en la educación de los jóvenes. ¿Qué importancia tiene la Filosofía, qué importancia tiene que haya escuelas de Filosofía? La misma que los mercados. Sócrates decía que aquel que necesita cebollas sabe que tiene que ir al mercado porque allí va a poder comprar cebollas. Que el que necesita zapatos, sabe que tiene que ir al mercado porque allí va a encontrar zapatos. Y aquel que tiene preguntas y quiere conocer sobre las cosas verdaderamente importantes de la vida, ¿a dónde va a ir? A una escuela de Filosofía, dónde podemos encontrar respuestas a las preguntas del por qué el dolor, por qué la muerte, por qué envejecemos, por qué nos pasan las cosas que nos pasan, por qué se pasa del dolor a la alegría y de la alegría al sufrimiento, qué es lo que nos conduce como un viento de lo uno a lo otro, por qué tenemos temores y por qué dudamos? Si es importante responderse a estas preguntas, la Filosofía es muy útil y práctica y es necesario que existan escuelas de Filosofía.
La tecnología he permitido que el hombre pueda llegar a la luna, pero ahora le toca a la Filosofía permitirnos llegar al ser humano.
viernes, 21 de noviembre de 2014
LA FILOSOFIA EL MEJOR DE LOS CAMBIOS
Aristóteles, uno de los filósofos que ha configurado la visión del mundo occidental, decía que “el movimiento es el tránsito de la potencia al acto”. Estamos acostumbrados a imaginar el cambio o el movimiento (intrínsecamente son lo mismo) como un cambio de lugar; de escenario, por tanto. Muevo, por ejemplo, un libro desde la estantería a la mesa. Ha cambiado así de lugar. Y sin embargo, la Tierra se desplaza en el espacio a una velocidad descomunal, y nosotros con ella, y poco cambio supone esto para nosotros. Y de hecho, solo raras veces, y gracias a la ciencia, pensamos que esto es así.
Cuando el agua pasa de su condición inmóvil y rígida de hielo a la fluida de agua, o de esta a la de vapor, también es un cambio, el llamado cambio de estado. El movimiento, y por tanto, el cambio, están vinculados a la vida, y de este modo, como decía el gran sabio hindú Sri Ram, donde hay vida hay respuesta. Es decir, hay cambio. Lo que está vivo cambia y lo que no cambia y responde a las nuevas circunstancias, se petrifica, la vida lo abandona. La vida es un misterio, es el verdadero misterio. En la religión hindú la corriente de vida que anima el infinito universo y a la más ínfima de sus criaturas o partículas es llamada Vishnu, Dios que “llena de vida”, pues su nombre viene de una raíz etimológica que significa vish-llenar. El filósofo Shankaracharya, en su obra sobre “Los mil nombres de Vishnu” (Sahasnama Vishnu), estudia realmente las mil propiedades de la vida universal, cuya esencia es el movimiento. Enseña, por ejemplo, que la vida es infalible, omnipenetrante, infinita, señora del mundo, etc.
El profesor y filósofo J. Á. Livraga (1930-1991), decía que las cosas no solo están vivas cuando crecen, sino también cuando resisten; esa es la forma que tiene, por ejemplo, el reino mineral de estar vivo. El movimiento de los electrones (y por tanto, su vida) garantiza las valencias químicas, lo que se convierte finalmente en las llamadas “energías de cohesión”, que evitan que lo que está vivo o simplemente existe (y eso es ya una forma, la más básica de la vida) se disuelva en la nada.
Hay cambios más sutiles o menos; por ejemplo, el cambio de estado es más sutil que el de lugar, o el químico que el físico. Si la temperatura del cuerpo humano se eleva cinco grados respecto a lo normal, eso produce efectos o cambios mayores que si alguien simplemente nos empuja. Según la filosofía hermética, existen también cambios alquímicos, aquellos en que muda la estructura interna de la materia y de la vida asociada, por tanto. Por ejemplo, si me expongo sin protección a los rayos cósmicos o simplemente a la radioactividad, esto puede provocar cambios en el ADN y hacer que al tener un hijo nazca un monstruo. Aparentemente nada sucedió y, sin embargo... Estas formas de vibración o vida son tan penetrantes que llegan hasta el corazón de la materia, mutándola.
Los antiguos alquimistas decían que la evolución consiste en la aceleración de las formas, y que la sustancia acelerada se convierte en luz. Este era, por tanto, el destino final de todos los cambios, paso a paso, el retorno a un océano universal de luz. Decían que la luz, cuando se detiene, cuando se cristaliza y es subyugada por el número y la geometría, origina todas las formas de la naturaleza y de la vida, pero que esta, al ser liberada, se convierte de nuevo en luz. Por ello, el dios Agni en la India védica era el superior de los dioses, aquel a quien se hacían las ofrendas, pues era el Fuego, el que libera la vida prisionera de la materia, símbolo, por tanto, del sacrificio redentor, del deber que libera. Los sabios y los guerreros eran vinculados, debían ser como el fuego, ser ígneos, luminosos, devorar su propia personalidad en su afán de vivir con más intensidad, de un modo más brillante (este es el significado más profundo del “sacrificio del cordero” en los primeros siglos del cristianismo). Esta verdad del fuego es cierta incluso a nivel químico, pues el fuego es un misterioso estado de la materia en que es liberada la energía química o luz prisionera en ésta.
Si la vida es resistencia en lo mineral, crecimiento en lo vegetal y emotividad en lo animal, en lo humano es luminosa razón, luz interior, visión, discernimiento. Un ser humano sin esta llama interior –la vida universal en él presente– es moralmente insensible, es en la vida como un pedazo de madera, como un autómata, sin capacidad de reacción. Pero ¿es que existe un ser humano que carezca de esta llama interior? Potencialmente no, pues duerme en el corazón de la misma naturaleza humana. Pero si volvemos a Aristóteles, “movimiento es el tránsito de la potencia al acto”, vemos que la vida no vibra en el alma humana si esa llama permanece latente, si la conciencia de lo divino y del Yo-Soy-Aquel-que-Soy simplemente espera, como una semilla en el interior de la tierra que no germina, al no ser capaz de responder a la llamada del sol, su dios.
¿Cuál es, entonces, el mejor de todos los cambios? El que nos hace despertar del sueño de la vida, el que abre nuestros ojos a su sentido, el que nos sacude de la inercia, del estancamiento y nos hace sentir que estamos vivos de verdad, el que abre las puertas del alma y permite que esta se llene de vida y luz, el que nos arranca de las fantasías que juegan con un pasado que ya está muerto y con un futuro que jamás será presente, llevándonos al alma y a la verdad de los hechos. Ya lo dicen los textos cabalísticos: “Si quieres ver en lo invisible, abre bien tus ojos a lo visible”.
¿Y cuál es la mejor de todas las filosofías? Si la filosofía es amor a la sabiduría y, por tanto, transferencia del corazón al seno de la misma, la mejor filosofía es la que nos hace más sabios (pues su luz nos permite saber y ver), más buenos (pues su calor y acción nos permite deshacer esos estancamientos-de-vida que llamamos mal), más justos (pues el alma, cuando encuentra la verdadera medida, su verdadero lugar, es naturalmente feliz, y cuando no, prisionera de la angustia), honestos (pues no hay mayor crimen que dejar de ser fieles a nuestra naturaleza más pura y fecunda, no hay mayor crimen que dejar apagar la llama interior, que arrojar barro sobre ella, y en esto consiste la falta de honestidad).
La mejor filosofía es la que nos hace luminosos, y ya que la esencia de la vida es luz, nos hace la vida amable y amables con la vida. Todos sabemos en lo más profundo si estamos subiendo la Montaña Interior o nos estamos perdiendo en el laberinto, o peor, cayendo en la inconsciencia y en la pérdida de valores internos. La mejor filosofía es la que nos permite subir, paciente y esforzadamente a esa Ciudad en lo Alto donde viven nuestros sueños más luminosos, lo mejor de nosotros mismos.
Ah, y no lo dije, el mejor de todos los cambios en el tiempo y para los seres humanos se llama Historia, pues esta es “realización del Destino, del Deber Ser”, tránsito, por tanto, de la potencia que espera al acto que sella, del camino pensado al vivido. Podemos y debemos hacer Historia, dejar una huella en el tiempo, pues la Historia, aunque construida por cada uno, es el movimiento de toda la Humanidad.
Robert Kennedy, uno de los más grandes idealistas del siglo XX, y que tanto luchó por la causa de la justicia, fue asesinado por ser fiel a sus ideales; asesinado, es lo más probable, por los mismos que asesinaron a Martin Luther King y a su propio hermano, por las potencias del egoísmo y la inmovilidad que Platón llamó “Amos de la Caverna”. Pero dejó heroicamente su huella histórica y su luminoso ejemplo. En uno de sus discursos, poco antes de ser asesinado, dijo: “Existe el riesgo de la apatía, la creencia de que no hay nada que un hombre o una mujer pueda hacer en contra de los múltiples males que azotan al mundo. Contra la miseria, contra la ignorancia, la injusticia o la violencia. Sin embargo, muchos de los grandes avances del mundo, de pensamiento y de acción, han nacido de la labor de un solo hombre.
Robert Kennedy, uno de los más grandes idealistas del siglo XX, y que tanto luchó por la causa de la justicia, fue asesinado por ser fiel a sus ideales; asesinado, es lo más probable, por los mismos que asesinaron a Martin Luther King y a su propio hermano, por las potencias del egoísmo y la inmovilidad que Platón llamó “Amos de la Caverna”. Pero dejó heroicamente su huella histórica y su luminoso ejemplo. En uno de sus discursos, poco antes de ser asesinado, dijo: “Existe el riesgo de la apatía, la creencia de que no hay nada que un hombre o una mujer pueda hacer en contra de los múltiples males que azotan al mundo. Contra la miseria, contra la ignorancia, la injusticia o la violencia. Sin embargo, muchos de los grandes avances del mundo, de pensamiento y de acción, han nacido de la labor de un solo hombre.
Un joven monje impulsó la Reforma protestante, un joven general extendió un imperio desde Macedonia hasta los confines de la Tierra; y una joven reclamó el territorio de Francia. Fue un joven explorador italiano quien descubrió el Nuevo Mundo. Y a sus treinta y dos años, Thomas Jefferson proclamó que “todos los hombres son creados iguales”. Estos hombres cambiaron el mundo, y todos nosotros podemos también. Pocos cambiarán por sí mismos el rumbo de la Historia, pero cada uno de nosotros podemos esforzarnos en cambiar una pequeña parte de los acontecimientos, y la suma de todos esos actos será la Historia que escriba esta generación. Es sobre la base de innumerables actos de valentía y esperanza como la Historia humana queda escrita.
Cada vez que un hombre lucha por un ideal, o actúa para ayudar a otros, o se rebela ante la injusticia, está generando una pequeña ola de esperanza, y millones de esas pequeñas olas cruzándose entre sí y sumando intensidad forman un tsunami capaz de derrumbar los más poderosos muros de resistencia y opresión. Para quienes vivimos en condiciones privilegiadas, amigos, el otro peligro es la complacencia: La tentación de seguir el fácil y cómodo camino de la ambición personal y el éxito económico que tan difundidos se encuentran entre aquellos que disfrutan del privilegio de recibir una educación. Pero ese no es el papel que la Historia nos ha asignado.
Hay un dicho popular chino que dice: “ojalá vivas tiempos interesantes”. Nos guste o no, vivimos en “tiempos interesantes”. Son tiempos de peligro e incertidumbre, pero también son tiempos más abiertos a la creatividad humana que nunca antes en la Historia. Y todos y cada uno de nosotros seremos juzgados –nos juzgaremos a nosotros mismos– por los esfuerzos que hemos hecho para contribuir a crear un Mundo Nuevo y por el alcance en que nuestras metas e ideales han contribuido a moldearlo. Con una conciencia limpia como única recompensa segura, y con la Historia como juez último de nuestros actos, salgamos a conducir esta Tierra a la que amamos, pidiendo ayuda y bendición a Dios, pero conscientes de que Su Trabajo aquí debe ser realizado por nosotros ”.
Este es el extracto de un discurso pronunciado el 6 de junio de 1966, ante un grupo de jóvenes de la Universidad de Capetown, durante su histórica visita a Sudáfrica.
Que estas palabras nos sirvan de inspiración a todos los idealistas del mundo entero. Nos han mentido cuando nos han dicho que los ideales han muerto. Es todo lo contrario; los que carecen de ideales es como si estuvieran muertos, no viven, vegetan y siguen sus hábitos o instintos animales. El alma es la vida del cuerpo y el cuerpo sin alma está muerto
Que estas palabras nos sirvan de inspiración a todos los idealistas del mundo entero. Nos han mentido cuando nos han dicho que los ideales han muerto. Es todo lo contrario; los que carecen de ideales es como si estuvieran muertos, no viven, vegetan y siguen sus hábitos o instintos animales. El alma es la vida del cuerpo y el cuerpo sin alma está muerto
domingo, 28 de abril de 2013
FILOSOFIA PARA LA VIDA ACTUAL
Que estas palabras nos sirvan de inspiración a todos los idealistas del mundo entero. Nos han mentido cuando nos han dicho que los ideales han muerto. Es todo lo contrario; los que carecen de ideales es como si estuvieran muertos, no viven, vegetan y siguen sus hábitos o instintos animales. El alma es la vida del cuerpo y el cuerpo sin alma está muerto
Aristóteles, uno de los filósofos que ha configurado la visión del mundo occidental, decía que “el movimiento es el tránsito de la potencia al acto”. Estamos acostumbrados a imaginar el cambio o el movimiento (intrínsecamente son lo mismo) como un cambio de lugar; de escenario, por tanto. Muevo, por ejemplo, un libro desde la estantería a la mesa. Ha cambiado así de lugar. Y sin embargo, la Tierra se desplaza en el espacio a una velocidad descomunal, y nosotros con ella, y poco cambio supone esto para nosotros. Y de hecho, solo raras veces, y gracias a la ciencia, pensamos que esto es así.
Cuando el agua pasa de su condición inmóvil y rígida de hielo a la fluida de agua, o de esta a la de vapor, también es un cambio, el llamado cambio de estado. El movimiento, y por tanto, el cambio, están vinculados a la vida, y de este modo, como decía el gran sabio hindú Sri Ram, donde hay vida hay respuesta. Es decir, hay cambio. Lo que está vivo cambia y lo que no cambia y responde a las nuevas circunstancias, se petrifica, la vida lo abandona. La vida es un misterio, es el verdadero misterio. En la religión hindú la corriente de vida que anima el infinito universo y a la más ínfima de sus criaturas o partículas es llamada Vishnu, Dios que “llena de vida”, pues su nombre viene de una raíz etimológica que significa vish-llenar. El filósofo Shankaracharya, en su obra sobre “Los mil nombres de Vishnu” (Sahasnama Vishnu), estudia realmente las mil propiedades de la vida universal, cuya esencia es el movimiento. Enseña, por ejemplo, que la vida es infalible, omnipenetrante, infinita, señora del mundo, etc.
El profesor y filósofo J. Á. Livraga (1930-1991),, decía que las cosas no solo están vivas cuando crecen, sino también cuando resisten; esa es la forma que tiene, por ejemplo, el reino mineral de estar vivo. El movimiento de los electrones (y por tanto, su vida) garantiza las valencias químicas, lo que se convierte finalmente en las llamadas “energías de cohesión”, que evitan que lo que está vivo o simplemente existe (y eso es ya una forma, la más básica de la vida) se disuelva en la nada.
Hay cambios más sutiles o menos; por ejemplo, el cambio de estado es más sutil que el de lugar, o el químico que el físico. Si la temperatura del cuerpo humano se eleva cinco grados respecto a lo normal, eso produce efectos o cambios mayores que si alguien simplemente nos empuja. Según la filosofía hermética, existen también cambios alquímicos, aquellos en que muda la estructura interna de la materia y de la vida asociada, por tanto. Por ejemplo, si me expongo sin protección a los rayos cósmicos o simplemente a la radioactividad, esto puede provocar cambios en el ADN y hacer que al tener un hijo nazca un monstruo. Aparentemente nada sucedió y, sin embargo... Estas formas de vibración o vida son tan penetrantes que llegan hasta el corazón de la materia, mutándola.
Los antiguos alquimistas decían que la evolución consiste en la aceleración de las formas, y que la sustancia acelerada se convierte en luz. Este era, por tanto, el destino final de todos los cambios, paso a paso, el retorno a un océano universal de luz. Decían que la luz, cuando se detiene, cuando se cristaliza y es subyugada por el número y la geometría, origina todas las formas de la naturaleza y de la vida, pero que esta, al ser liberada, se convierte de nuevo en luz. Por ello, el dios Agni en la India védica era el superior de los dioses, aquel a quien se hacían las ofrendas, pues era el Fuego, el que libera la vida prisionera de la materia, símbolo, por tanto, del sacrificio redentor, del deber que libera. Los sabios y los guerreros eran vinculados, debían ser como el fuego, ser ígneos, luminosos, devorar su propia personalidad en su afán de vivir con más intensidad, de un modo más brillante (este es el significado más profundo del “sacrificio del cordero” en los primeros siglos del cristianismo). Esta verdad del fuego es cierta incluso a nivel químico, pues el fuego es un misterioso estado de la materia en que es liberada la energía química o luz prisionera en ésta.
Si la vida es resistencia en lo mineral, crecimiento en lo vegetal y emotividad en lo animal, en lo humano es luminosa razón, luz interior, visión, discernimiento. Un ser humano sin esta llama interior –la vida universal en él presente– es moralmente insensible, es en la vida como un pedazo de madera, como un autómata, sin capacidad de reacción. Pero ¿es que existe un ser humano que carezca de esta llama interior? Potencialmente no, pues duerme en el corazón de la misma naturaleza humana. Pero si volvemos a Aristóteles, “movimiento es el tránsito de la potencia al acto”, vemos que la vida no vibra en el alma humana si esa llama permanece latente, si la conciencia de lo divino y del Yo-Soy-Aquel-que-Soy simplemente espera, como una semilla en el interior de la tierra que no germina, al no ser capaz de responder a la llamada del sol, su dios.
¿Cuál es, entonces, el mejor de todos los cambios? El que nos hace despertar del sueño de la vida, el que abre nuestros ojos a su sentido, el que nos sacude de la inercia, del estancamiento y nos hace sentir que estamos vivos de verdad, el que abre las puertas del alma y permite que esta se llene de vida y luz, el que nos arranca de las fantasías que juegan con un pasado que ya está muerto y con un futuro que jamás será presente, llevándonos al alma y a la verdad de los hechos. Ya lo dicen los textos cabalísticos: “Si quieres ver en lo invisible, abre bien tus ojos a lo visible”.
¿Y cuál es la mejor de todas las filosofías? Si la filosofía es amor a la sabiduría y, por tanto, transferencia del corazón al seno de la misma, la mejor filosofía es la que nos hace más sabios (pues su luz nos permite saber y ver), más buenos (pues su calor y acción nos permite deshacer esos estancamientos-de-vida que llamamos mal), más justos (pues el alma, cuando encuentra la verdadera medida, su verdadero lugar, es naturalmente feliz, y cuando no, prisionera de la angustia), honestos (pues no hay mayor crimen que dejar de ser fieles a nuestra naturaleza más pura y fecunda, no hay mayor crimen que dejar apagar la llama interior, que arrojar barro sobre ella, y en esto consiste la falta de honestidad).
La mejor filosofía es la que nos hace luminosos, y ya que la esencia de la vida es luz, nos hace la vida amable y amables con la vida. Todos sabemos en lo más profundo si estamos subiendo la Montaña Interior o nos estamos perdiendo en el laberinto, o peor, cayendo en la inconsciencia y en la pérdida de valores internos. La mejor filosofía es la que nos permite subir, paciente y esforzadamente a esa Ciudad en lo Alto donde viven nuestros sueños más luminosos, lo mejor de nosotros mismos.
Ah, y no lo dije, el mejor de todos los cambios en el tiempo y para los seres humanos se llama Historia, pues esta es “realización del Destino, del Deber Ser”, tránsito, por tanto, de la potencia que espera al acto que sella, del camino pensado al vivido. Podemos y debemos hacer Historia, dejar una huella en el tiempo, pues la Historia, aunque construida por cada uno, es el movimiento de toda la Humanidad.
Robert Kennedy, uno de los más grandes idealistas del siglo XX, y que tanto luchó por la causa de la justicia, fue asesinado por ser fiel a sus ideales; asesinado, es lo más probable, por los mismos que asesinaron a Martin Luther King y a su propio hermano, por las potencias del egoísmo y la inmovilidad que Platón llamó “Amos de la Caverna”. Pero dejó heroicamente su huella histórica y su luminoso ejemplo. En uno de sus discursos, poco antes de ser asesinado, dijo: “Existe el riesgo de la apatía, la creencia de que no hay nada que un hombre o una mujer pueda hacer en contra de los múltiples males que azotan al mundo. Contra la miseria, contra la ignorancia, la injusticia o la violencia. Sin embargo, muchos de los grandes avances del mundo, de pensamiento y de acción, han nacido de la labor de un solo hombre.
Un joven monje impulsó la Reforma protestante, un joven general extendió un imperio desde Macedonia hasta los confines de la Tierra; y una joven reclamó el territorio de Francia. Fue un joven explorador italiano quien descubrió el Nuevo Mundo. Y a sus treinta y dos años, Thomas Jefferson proclamó que “todos los hombres son creados iguales”. Estos hombres cambiaron el mundo, y todos nosotros podemos también. Pocos cambiarán por sí mismos el rumbo de la Historia, pero cada uno de nosotros podemos esforzarnos en cambiar una pequeña parte de los acontecimientos, y la suma de todos esos actos será la Historia que escriba esta generación. Es sobre la base de innumerables actos de valentía y esperanza como la Historia humana queda escrita.
Cada vez que un hombre lucha por un ideal, o actúa para ayudar a otros, o se rebela ante la injusticia, está generando una pequeña ola de esperanza, y millones de esas pequeñas olas cruzándose entre sí y sumando intensidad forman un tsunami capaz de derrumbar los más poderosos muros de resistencia y opresión. Para quienes vivimos en condiciones privilegiadas, amigos, el otro peligro es la complacencia: La tentación de seguir el fácil y cómodo camino de la ambición personal y el éxito económico que tan difundidos se encuentran entre aquellos que disfrutan del privilegio de recibir una educación. Pero ese no es el papel que la Historia nos ha asignado.
Hay un dicho popular chino que dice: “ojalá vivas tiempos interesantes”. Nos guste o no, vivimos en “tiempos interesantes”. Son tiempos de peligro e incertidumbre, pero también son tiempos más abiertos a la creatividad humana que nunca antes en la Historia. Y todos y cada uno de nosotros seremos juzgados –nos juzgaremos a nosotros mismos– por los esfuerzos que hemos hecho para contribuir a crear un Mundo Nuevo y por el alcance en que nuestras metas e ideales han contribuido a moldearlo. Con una conciencia limpia como única recompensa segura, y con la Historia como juez último de nuestros actos, salgamos a conducir esta Tierra a la que amamos, pidiendo ayuda y bendición a Dios, pero conscientes de que Su Trabajo aquí debe ser realizado por nosotros.
Que estas palabras nos sirvan de inspiración a todos los idealistas del mundo entero. Nos han mentido cuando nos han dicho que los ideales han muerto. Es todo lo contrario; los que carecen de ideales es como si estuvieran muertos, no viven, vegetan y siguen sus hábitos o instintos animales. El alma es la vida del cuerpo y el cuerpo sin alma está muerto
Aristóteles, uno de los filósofos que ha configurado la visión del mundo occidental, decía que “el movimiento es el tránsito de la potencia al acto”. Estamos acostumbrados a imaginar el cambio o el movimiento (intrínsecamente son lo mismo) como un cambio de lugar; de escenario, por tanto. Muevo, por ejemplo, un libro desde la estantería a la mesa. Ha cambiado así de lugar. Y sin embargo, la Tierra se desplaza en el espacio a una velocidad descomunal, y nosotros con ella, y poco cambio supone esto para nosotros. Y de hecho, solo raras veces, y gracias a la ciencia, pensamos que esto es así.
Cuando el agua pasa de su condición inmóvil y rígida de hielo a la fluida de agua, o de esta a la de vapor, también es un cambio, el llamado cambio de estado. El movimiento, y por tanto, el cambio, están vinculados a la vida, y de este modo, como decía el gran sabio hindú Sri Ram, donde hay vida hay respuesta. Es decir, hay cambio. Lo que está vivo cambia y lo que no cambia y responde a las nuevas circunstancias, se petrifica, la vida lo abandona. La vida es un misterio, es el verdadero misterio. En la religión hindú la corriente de vida que anima el infinito universo y a la más ínfima de sus criaturas o partículas es llamada Vishnu, Dios que “llena de vida”, pues su nombre viene de una raíz etimológica que significa vish-llenar. El filósofo Shankaracharya, en su obra sobre “Los mil nombres de Vishnu” (Sahasnama Vishnu), estudia realmente las mil propiedades de la vida universal, cuya esencia es el movimiento. Enseña, por ejemplo, que la vida es infalible, omnipenetrante, infinita, señora del mundo, etc.
El profesor y filósofo J. Á. Livraga (1930-1991),, decía que las cosas no solo están vivas cuando crecen, sino también cuando resisten; esa es la forma que tiene, por ejemplo, el reino mineral de estar vivo. El movimiento de los electrones (y por tanto, su vida) garantiza las valencias químicas, lo que se convierte finalmente en las llamadas “energías de cohesión”, que evitan que lo que está vivo o simplemente existe (y eso es ya una forma, la más básica de la vida) se disuelva en la nada.
Hay cambios más sutiles o menos; por ejemplo, el cambio de estado es más sutil que el de lugar, o el químico que el físico. Si la temperatura del cuerpo humano se eleva cinco grados respecto a lo normal, eso produce efectos o cambios mayores que si alguien simplemente nos empuja. Según la filosofía hermética, existen también cambios alquímicos, aquellos en que muda la estructura interna de la materia y de la vida asociada, por tanto. Por ejemplo, si me expongo sin protección a los rayos cósmicos o simplemente a la radioactividad, esto puede provocar cambios en el ADN y hacer que al tener un hijo nazca un monstruo. Aparentemente nada sucedió y, sin embargo... Estas formas de vibración o vida son tan penetrantes que llegan hasta el corazón de la materia, mutándola.
Los antiguos alquimistas decían que la evolución consiste en la aceleración de las formas, y que la sustancia acelerada se convierte en luz. Este era, por tanto, el destino final de todos los cambios, paso a paso, el retorno a un océano universal de luz. Decían que la luz, cuando se detiene, cuando se cristaliza y es subyugada por el número y la geometría, origina todas las formas de la naturaleza y de la vida, pero que esta, al ser liberada, se convierte de nuevo en luz. Por ello, el dios Agni en la India védica era el superior de los dioses, aquel a quien se hacían las ofrendas, pues era el Fuego, el que libera la vida prisionera de la materia, símbolo, por tanto, del sacrificio redentor, del deber que libera. Los sabios y los guerreros eran vinculados, debían ser como el fuego, ser ígneos, luminosos, devorar su propia personalidad en su afán de vivir con más intensidad, de un modo más brillante (este es el significado más profundo del “sacrificio del cordero” en los primeros siglos del cristianismo). Esta verdad del fuego es cierta incluso a nivel químico, pues el fuego es un misterioso estado de la materia en que es liberada la energía química o luz prisionera en ésta.
Si la vida es resistencia en lo mineral, crecimiento en lo vegetal y emotividad en lo animal, en lo humano es luminosa razón, luz interior, visión, discernimiento. Un ser humano sin esta llama interior –la vida universal en él presente– es moralmente insensible, es en la vida como un pedazo de madera, como un autómata, sin capacidad de reacción. Pero ¿es que existe un ser humano que carezca de esta llama interior? Potencialmente no, pues duerme en el corazón de la misma naturaleza humana. Pero si volvemos a Aristóteles, “movimiento es el tránsito de la potencia al acto”, vemos que la vida no vibra en el alma humana si esa llama permanece latente, si la conciencia de lo divino y del Yo-Soy-Aquel-que-Soy simplemente espera, como una semilla en el interior de la tierra que no germina, al no ser capaz de responder a la llamada del sol, su dios.
¿Cuál es, entonces, el mejor de todos los cambios? El que nos hace despertar del sueño de la vida, el que abre nuestros ojos a su sentido, el que nos sacude de la inercia, del estancamiento y nos hace sentir que estamos vivos de verdad, el que abre las puertas del alma y permite que esta se llene de vida y luz, el que nos arranca de las fantasías que juegan con un pasado que ya está muerto y con un futuro que jamás será presente, llevándonos al alma y a la verdad de los hechos. Ya lo dicen los textos cabalísticos: “Si quieres ver en lo invisible, abre bien tus ojos a lo visible”.
¿Y cuál es la mejor de todas las filosofías? Si la filosofía es amor a la sabiduría y, por tanto, transferencia del corazón al seno de la misma, la mejor filosofía es la que nos hace más sabios (pues su luz nos permite saber y ver), más buenos (pues su calor y acción nos permite deshacer esos estancamientos-de-vida que llamamos mal), más justos (pues el alma, cuando encuentra la verdadera medida, su verdadero lugar, es naturalmente feliz, y cuando no, prisionera de la angustia), honestos (pues no hay mayor crimen que dejar de ser fieles a nuestra naturaleza más pura y fecunda, no hay mayor crimen que dejar apagar la llama interior, que arrojar barro sobre ella, y en esto consiste la falta de honestidad).
La mejor filosofía es la que nos hace luminosos, y ya que la esencia de la vida es luz, nos hace la vida amable y amables con la vida. Todos sabemos en lo más profundo si estamos subiendo la Montaña Interior o nos estamos perdiendo en el laberinto, o peor, cayendo en la inconsciencia y en la pérdida de valores internos. La mejor filosofía es la que nos permite subir, paciente y esforzadamente a esa Ciudad en lo Alto donde viven nuestros sueños más luminosos, lo mejor de nosotros mismos.
Ah, y no lo dije, el mejor de todos los cambios en el tiempo y para los seres humanos se llama Historia, pues esta es “realización del Destino, del Deber Ser”, tránsito, por tanto, de la potencia que espera al acto que sella, del camino pensado al vivido. Podemos y debemos hacer Historia, dejar una huella en el tiempo, pues la Historia, aunque construida por cada uno, es el movimiento de toda la Humanidad.
Robert Kennedy, uno de los más grandes idealistas del siglo XX, y que tanto luchó por la causa de la justicia, fue asesinado por ser fiel a sus ideales; asesinado, es lo más probable, por los mismos que asesinaron a Martin Luther King y a su propio hermano, por las potencias del egoísmo y la inmovilidad que Platón llamó “Amos de la Caverna”. Pero dejó heroicamente su huella histórica y su luminoso ejemplo. En uno de sus discursos, poco antes de ser asesinado, dijo: “Existe el riesgo de la apatía, la creencia de que no hay nada que un hombre o una mujer pueda hacer en contra de los múltiples males que azotan al mundo. Contra la miseria, contra la ignorancia, la injusticia o la violencia. Sin embargo, muchos de los grandes avances del mundo, de pensamiento y de acción, han nacido de la labor de un solo hombre.
Un joven monje impulsó la Reforma protestante, un joven general extendió un imperio desde Macedonia hasta los confines de la Tierra; y una joven reclamó el territorio de Francia. Fue un joven explorador italiano quien descubrió el Nuevo Mundo. Y a sus treinta y dos años, Thomas Jefferson proclamó que “todos los hombres son creados iguales”. Estos hombres cambiaron el mundo, y todos nosotros podemos también. Pocos cambiarán por sí mismos el rumbo de la Historia, pero cada uno de nosotros podemos esforzarnos en cambiar una pequeña parte de los acontecimientos, y la suma de todos esos actos será la Historia que escriba esta generación. Es sobre la base de innumerables actos de valentía y esperanza como la Historia humana queda escrita.
Cada vez que un hombre lucha por un ideal, o actúa para ayudar a otros, o se rebela ante la injusticia, está generando una pequeña ola de esperanza, y millones de esas pequeñas olas cruzándose entre sí y sumando intensidad forman un tsunami capaz de derrumbar los más poderosos muros de resistencia y opresión. Para quienes vivimos en condiciones privilegiadas, amigos, el otro peligro es la complacencia: La tentación de seguir el fácil y cómodo camino de la ambición personal y el éxito económico que tan difundidos se encuentran entre aquellos que disfrutan del privilegio de recibir una educación. Pero ese no es el papel que la Historia nos ha asignado.
Hay un dicho popular chino que dice: “ojalá vivas tiempos interesantes”. Nos guste o no, vivimos en “tiempos interesantes”. Son tiempos de peligro e incertidumbre, pero también son tiempos más abiertos a la creatividad humana que nunca antes en la Historia. Y todos y cada uno de nosotros seremos juzgados –nos juzgaremos a nosotros mismos– por los esfuerzos que hemos hecho para contribuir a crear un Mundo Nuevo y por el alcance en que nuestras metas e ideales han contribuido a moldearlo. Con una conciencia limpia como única recompensa segura, y con la Historia como juez último de nuestros actos, salgamos a conducir esta Tierra a la que amamos, pidiendo ayuda y bendición a Dios, pero conscientes de que Su Trabajo aquí debe ser realizado por nosotros.
sábado, 13 de abril de 2013
LA FILOSOFIA EL MEJOR DE LOS CAMBIOS
Aristóteles, uno
de los filósofos que ha configurado la visión del mundo occidental, decía que
“el movimiento es el tránsito de la potencia al acto”. Estamos acostumbrados a
imaginar el cambio o el movimiento (intrínsecamente son lo mismo) como un
cambio de lugar; de escenario, por tanto. Muevo, por ejemplo, un libro desde la
estantería a la mesa. Ha cambiado así de lugar. Y sin embargo, la Tierra se
desplaza en el espacio a una velocidad descomunal, y nosotros con ella, y poco
cambio supone esto para nosotros. Y de hecho, solo raras veces, y gracias a la
ciencia, pensamos que esto es así.
Cuando el agua pasa de su condición inmóvil y rígida de hielo a la fluida de agua, o de esta a la de vapor, también es un cambio, el llamado cambio de estado. El movimiento, y por tanto, el cambio, están vinculados a la vida, y de este modo, como decía el gran sabio hindú Sri Ram, donde hay vida hay respuesta. Es decir, hay cambio. Lo que está vivo cambia y lo que no cambia y responde a las nuevas circunstancias, se petrifica, la vida lo abandona. La vida es un misterio, es el verdadero misterio. En la religión hindú la corriente de vida que anima el infinito universo y a la más ínfima de sus criaturas o partículas es llamada Vishnu, Dios que “llena de vida”, pues su nombre viene de una raíz etimológica que significa vish-llenar. El filósofo Shankaracharya, en su obra sobre “Los mil nombres de Vishnu” (Sahasnama Vishnu), estudia realmente las mil propiedades de la vida universal, cuya esencia es el movimiento. Enseña, por ejemplo, que la vida es infalible, omnipenetrante, infinita, señora del mundo, etc.
El profesor y filósofo J. Á. Livraga
decía que las cosas no solo están vivas cuando
crecen, sino también cuando resisten; esa es la forma que tiene, por ejemplo,
el reino mineral de estar vivo. El movimiento de los electrones (y por tanto,
su vida) garantiza las valencias químicas, lo que se convierte finalmente en
las llamadas “energías de cohesión”, que evitan que lo que está vivo o
simplemente existe (y eso es ya una forma, la más básica de la vida) se
disuelva en la nada.Cuando el agua pasa de su condición inmóvil y rígida de hielo a la fluida de agua, o de esta a la de vapor, también es un cambio, el llamado cambio de estado. El movimiento, y por tanto, el cambio, están vinculados a la vida, y de este modo, como decía el gran sabio hindú Sri Ram, donde hay vida hay respuesta. Es decir, hay cambio. Lo que está vivo cambia y lo que no cambia y responde a las nuevas circunstancias, se petrifica, la vida lo abandona. La vida es un misterio, es el verdadero misterio. En la religión hindú la corriente de vida que anima el infinito universo y a la más ínfima de sus criaturas o partículas es llamada Vishnu, Dios que “llena de vida”, pues su nombre viene de una raíz etimológica que significa vish-llenar. El filósofo Shankaracharya, en su obra sobre “Los mil nombres de Vishnu” (Sahasnama Vishnu), estudia realmente las mil propiedades de la vida universal, cuya esencia es el movimiento. Enseña, por ejemplo, que la vida es infalible, omnipenetrante, infinita, señora del mundo, etc.
El profesor y filósofo J. Á. Livraga
Hay cambios más sutiles o menos; por ejemplo, el cambio de estado es más sutil que el de lugar, o el químico que el físico. Si la temperatura del cuerpo humano se eleva cinco grados respecto a lo normal, eso produce efectos o cambios mayores que si alguien simplemente nos empuja. Según la filosofía hermética, existen también cambios alquímicos, aquellos en que muda la estructura interna de la materia y de la vida asociada, por tanto. Por ejemplo, si me expongo sin protección a los rayos cósmicos o simplemente a la radioactividad, esto puede provocar cambios en el ADN y hacer que al tener un hijo nazca un monstruo. Aparentemente nada sucedió y, sin embargo... Estas formas de vibración o vida son tan penetrantes que llegan hasta el corazón de la materia, mutándola.
Los antiguos alquimistas decían que la evolución consiste en la aceleración de las formas, y que la sustancia acelerada se convierte en luz. Este era, por tanto, el destino final de todos los cambios, paso a paso, el retorno a un océano universal de luz. Decían que la luz, cuando se detiene, cuando se cristaliza y es subyugada por el número y la geometría, origina todas las formas de la naturaleza y de la vida, pero que esta, al ser liberada, se convierte de nuevo en luz. Por ello, el dios Agni en la India védica era el superior de los dioses, aquel a quien se hacían las ofrendas, pues era el Fuego, el que libera la vida prisionera de la materia, símbolo, por tanto, del sacrificio redentor, del deber que libera. Los sabios y los guerreros eran vinculados, debían ser como el fuego, ser ígneos, luminosos, devorar su propia personalidad en su afán de vivir con más intensidad, de un modo más brillante (este es el significado más profundo del “sacrificio del cordero” en los primeros siglos del cristianismo). Esta verdad del fuego es cierta incluso a nivel químico, pues el fuego es un misterioso estado de la materia en que es liberada la energía química o luz prisionera en ésta.
Si la vida es resistencia en lo mineral, crecimiento en lo vegetal y emotividad en lo animal, en lo humano es luminosa razón, luz interior, visión, discernimiento. Un ser humano sin esta llama interior –la vida universal en él presente– es moralmente insensible, es en la vida como un pedazo de madera, como un autómata, sin capacidad de reacción. Pero ¿es que existe un ser humano que carezca de esta llama interior? Potencialmente no, pues duerme en el corazón de la misma naturaleza humana. Pero si volvemos a Aristóteles, “movimiento es el tránsito de la potencia al acto”, vemos que la vida no vibra en el alma humana si esa llama permanece latente, si la conciencia de lo divino y del Yo-Soy-Aquel-que-Soy simplemente espera, como una semilla en el interior de la tierra que no germina, al no ser capaz de responder a la llamada del sol, su dios.
¿Cuál es, entonces, el mejor de todos los cambios? El que nos hace despertar del sueño de la vida, el que abre nuestros ojos a su sentido, el que nos sacude de la inercia, del estancamiento y nos hace sentir que estamos vivos de verdad, el que abre las puertas del alma y permite que esta se llene de vida y luz, el que nos arranca de las fantasías que juegan con un pasado que ya está muerto y con un futuro que jamás será presente, llevándonos al alma y a la verdad de los hechos. Ya lo dicen los textos cabalísticos: “Si quieres ver en lo invisible, abre bien tus ojos a lo visible”.
¿Y cuál es la mejor de todas las filosofías? Si la filosofía es amor a la sabiduría y, por tanto, transferencia del corazón al seno de la misma, la mejor filosofía es la que nos hace más sabios (pues su luz nos permite saber y ver), más buenos (pues su calor y acción nos permite deshacer esos estancamientos-de-vida que llamamos mal), más justos (pues el alma, cuando encuentra la verdadera medida, su verdadero lugar, es naturalmente feliz, y cuando no, prisionera de la angustia), honestos (pues no hay mayor crimen que dejar de ser fieles a nuestra naturaleza más pura y fecunda, no hay mayor crimen que dejar apagar la llama interior, que arrojar barro sobre ella, y en esto consiste la falta de honestidad).
La mejor filosofía es la que nos hace luminosos, y ya que la esencia de la vida es luz, nos hace la vida amable y amables con la vida. Todos sabemos en lo más profundo si estamos subiendo la Montaña Interior o nos estamos perdiendo en el laberinto, o peor, cayendo en la inconsciencia y en la pérdida de valores internos. La mejor filosofía es la que nos permite subir, paciente y esforzadamente a esa Ciudad en lo Alto donde viven nuestros sueños más luminosos, lo mejor de nosotros mismos.
Ah, y no lo dije, el mejor de todos los cambios en el tiempo y para los seres humanos se llama Historia, pues esta es “realización del Destino, del Deber Ser”, tránsito, por tanto, de la potencia que espera al acto que sella, del camino pensado al vivido. Podemos y debemos hacer Historia, dejar una huella en el tiempo, pues la Historia, aunque construida por cada uno, es el movimiento de toda la Humanidad.
Robert Kennedy, uno de los más grandes idealistas del siglo XX, y que tanto luchó por la causa de la justicia, fue asesinado por ser fiel a sus ideales; asesinado, es lo más probable, por los mismos que asesinaron a Martin Luther King y a su propio hermano, por las potencias del egoísmo y la inmovilidad que Platón llamó “Amos de la Caverna”. Pero dejó heroicamente su huella histórica y su luminoso ejemplo. En uno de sus discursos, poco antes de ser asesinado, dijo: “Existe el riesgo de la apatía, la creencia de que no hay nada que un hombre o una mujer pueda hacer en contra de los múltiples males que azotan al mundo. Contra la miseria, contra la ignorancia, la injusticia o la violencia. Sin embargo, muchos de los grandes avances del mundo, de pensamiento y de acción, han nacido de la labor de un solo hombre.
Un joven monje impulsó la Reforma protestante, un joven general extendió un imperio desde Macedonia hasta los confines de la Tierra; y una joven reclamó el territorio de Francia. Fue un joven explorador italiano quien descubrió el Nuevo Mundo. Y a sus treinta y dos años, Thomas Jefferson proclamó que “todos los hombres son creados iguales”. Estos hombres cambiaron el mundo, y todos nosotros podemos también. Pocos cambiarán por sí mismos el rumbo de la Historia, pero cada uno de nosotros podemos esforzarnos en cambiar una pequeña parte de los acontecimientos, y la suma de todos esos actos será la Historia que escriba esta generación. Es sobre la base de innumerables actos de valentía y esperanza como la Historia humana queda escrita.
Cada vez que un hombre lucha por un ideal, o actúa para ayudar a otros, o se rebela ante la injusticia, está generando una pequeña ola de esperanza, y millones de esas pequeñas olas cruzándose entre sí y sumando intensidad forman un tsunami capaz de derrumbar los más poderosos muros de resistencia y opresión. Para quienes vivimos en condiciones privilegiadas, amigos, el otro peligro es la complacencia: La tentación de seguir el fácil y cómodo camino de la ambición personal y el éxito económico que tan difundidos se encuentran entre aquellos que disfrutan del privilegio de recibir una educación. Pero ese no es el papel que la Historia nos ha asignado.
Hay un dicho popular chino que dice: “ojalá vivas tiempos interesantes”. Nos guste o no, vivimos en “tiempos interesantes”. Son tiempos de peligro e incertidumbre, pero también son tiempos más abiertos a la creatividad humana que nunca antes en la Historia. Y todos y cada uno de nosotros seremos juzgados –nos juzgaremos a nosotros mismos– por los esfuerzos que hemos hecho para contribuir a crear un Mundo Nuevo y por el alcance en que nuestras metas e ideales han contribuido a moldearlo. Con una conciencia limpia como única recompensa segura, y con la Historia como juez último de nuestros actos, salgamos a conducir esta Tierra a la que amamos, pidiendo ayuda y bendición a Dios, pero conscientes de que Su Trabajo aquí debe ser realizado por nosotros ”.
Este es el extracto de un discurso pronunciado el 6 de junio de 1966, ante un grupo de jóvenes de la Universidad de Capetown, durante su histórica visita a Sudáfrica.
Que estas
palabras nos sirvan de inspiración a todos los idealistas del mundo entero. Nos
han mentido cuando nos han dicho que los ideales han muerto. Es todo lo
contrario; los que carecen de ideales es como si estuvieran muertos, no viven,
vegetan y siguen sus hábitos o instintos animales. El alma es la vida del
cuerpo y el cuerpo sin alma está muerto
domingo, 29 de enero de 2012
QUIENES SOMOS>>
La
Orden es una
organización cultural y humanista que trabaja en favor de la construcción de una
cultura sin fronteras que permita unir a hombres y mujeres más allá de sus
diferencias
No
tenemos ningún vínculo político ni religioso. Celebramos las diferencias de
nuestros miembros y fortalecemos valores de fraternidad, tolerancia y respeto a
la dignidad humana en personas de las más distintas procedencias a través del
trabajo voluntario y la practica filosófica.
Es servir como canales útiles de estudio comparado y
servicio voluntario rescatando la identidad de los pueblos y ayudando al
individuo a recuperar su propia vocación y sentido de bien
común.
FUNDAMENTOS DEL MOVIMIENTO HUMANISTA INTERNACIONAL: LA ORDEN>>
A la
vista del noticiero cotidiano pletórico de aberraciones, violencia, guerra y
terrorismo, que no perdonan ni a jefes de Estado, ni a persona alguna, ni siquiera
la figura del presidente, si abundamos nuestras búsquedas analizando y
sintetizando los últimos siglos vividos por esta decadente Humanidad, se nos
hace evidente y necesario un nuevo impulso de la Jerarquía Universal para crear
un Movimiento Humanista Internacional llamado “la Orden” un movimiento que se
atreva a señalar los errores cometidos no para hacer escarnio sino para
aprender, ya que nuestra civilización degenera, y lo que antes eran elementos
de cultura y protección se han convertido en instrumentos maléficos que
promueven una “enanocracia” en donde se trata de igualar cada vez a la altura
de lo mas bajo y de lo mas absurdo. Lo feo, lo cruel, lo contaminante, lo
cobarde, lo podrido prevalece sobre unos pocos valores morales que aun se mantienen
en puja continua con una gran ola de locura colectiva.
Nunca
hubo tantos millones de hambrientos, de criminales y anormales en el mundo
dentro de la historia conocida. Hemos saturado el planeta de subhumanos que imponen
sus instintos bestiales, su arte sucio, su política estéril, su ciencia al
servicio de las trivialidades, cuando de no de pavorosos engendros bélicos que
hacen del terrorismo su trabajo.
Nacen
niños monstruosos por la radiación nuclear de varios reactores mal cuidados,
circulan temores supersticiosos sobre el próximo fin de mundo en el 2012, los
ricos son cada vez más absurdamente ricos y los pobres cada vez más
Infra-humanamente pobres. Los Países llamados del “tercer mundo” o “en vías de
desarrollo” ni se desarrollan ni están casi en el mundo, hundiéndose poco a
poco en su propia miseria y arrastrando a las naciones más avanzadas a un
mimetismo de sus miserias y frustraciones. La riqueza no trae distinción ni
aristocracia, si no corrupción y la pobreza no esta acompañada por la humildad,
si no por la vanidosa demostración de sus miserias.
Si
quieres conocer a alguien sin esperanza dirígete a un joven que es precisamente
quien tendría que tener los mas fuertes y brillantes ideales y ni siquiera
saben que es eso.
Mientras
tanto los viejos se injertan pelos en sus calvas, se inyectan almohadillas
artificiales para cubrir sus ya desencarnados huesos. La humanidad participa,
más o menos inconcientemente en una gran marcha contra natura de perspectivas
futuras nada felices y llenos de miedo.
Ante esta
situación que se agrava día a día, se levantan nuestro ideal, como un solitario
grito de esperanza, nuestra propuesta de un hombre luz, que es la encarnación
de ese grito de esperanza. No nos referimos a distintos colores de piel, a
diferente status social, ni tampoco hacemos referencia a pueblos elegidos. Lo
que proponemos es algo mas profundo y mas practico, estamos cansados de teorías
irrealizables, de afirmaciones en el vacío histórico, sin más apoyo que las
lenguas de los fanáticos, desinformados del nuevo concilio de la paz.
Proponemos
una regeneración de la humanidad, a partir de un pequeño “grupo-piloto” que le
muestre sus resultados con eficacia y posibilidad de renovación humana en todas
las latitudes y longitudes. Esta regeneración parte de lo espiritual, pues la
crisis de espiritualidad es la que padecemos, siendo todas las demás sus
reflejos.
“Busca y
se te dará, toca y se te abrirá” son palabras muy viejas extraídas de otras mas
antiguas todavía, pero siguen siendo validas, tan validas como en la aurora de
los tiempos y lo serán aun en el ocaso del mundo. Conociéndose a si mismo el
hombre conoce su esencia divina y lo reconoce en donde quiera que este, la
pequeña fe en Dios es reemplazada por la evidencia natural de Dios, este cambio
interior a través de la alquimia interior de la filosofía de acción de LA
ORDEN, se refleja en todos los planos. Paulatinamente el hombre interior
resurge entero y macizo de vivencia y fuerza desde el fondo de si mismo e
imprime su sello a todos sus pensamientos, sentimientos, palabras y obras.
Nuestra
filosofía es esotérica, por cuanto constituye un AMOR a la Sabiduría que
todavía no poseemos, por aquello que todavía esta escondido a nuestra visión y
eso es lo esotérico, lo oculto, lo escondido, no por maldad premeditada de
nadie, sino por nuestra propia ignorancia. Lo esotérico comienza ahí donde
acaba nuestro conocimiento de las cosas. Exoterizar lo esotérico, hacerlo
visible es la vía de la enseñanza, luego una vez recogidas las enseñanzas, hay
que volverlas a internalizar, a esoterizar, por la vía de la comprensión. Vemos
aquí dos corrientes perpetuas que fluyen en sentido contrario y se
complementan. Por otra parte, no basta el ejercicio de la razón para desvelar
lo esotérico, hasta que el conocimiento no se hace parte de la vida misma del
individuo, sigue siendo tan esotérico como mientras permanecía escondido al
intelecto.
Siempre
se ha relacionado lo esotérico con los misterios, con el sigilo con que cubrían
estos rituales experienciales destinados a promover “el segundo nacimiento del
hombre” es decir, su autentico despertar interior. Sin embargo, se olvida que
los misterios no solo se pueden relacionar con lo oculto sino como su propia
raíz etimológica lo indica con la mística, con esa fuerza ascensional del alma
que escapa de la prisión material para ir en busca de su ancestro. La Mística
es así, una filosofía, un amor al conocimiento de las esencias espirituales que
mueven a la humanidad. La Mística es amor a la sabiduría que brota de lo
infinito, y se expresa en aquellos “secretos” que en cierta forma ya vibran en
cada hombre, aunque acallados a veces. La sola pregunta del filosofo que se
coloca ante la vida ya indica la presencia de la respuesta, aunque esa
respuesta no sea conciente en un principio.
El
problema que tiene y tuvo casi siempre la filosofía esotérica es que a fuerza
de ser sutil se presta a malas interpretaciones, con lo cual suele predominar
una imagen falsa antes que la verdadera, por aquello que más mancha un puñado
de barro, que lo que logra clarificar un chorro de agua limpia.
LA ORDEN
no es ajena a la repercusión de estos problemas y el hecho de existir en un
mundo conflictivo nos lleva a las mas de las veces, no solo a impartir la
enseñanza de la filosofía esotérica, sino a combatir los torpes efectos del
esoterismo mal entendido por otras personas o pseudo escuelas.
Debido al
auge que a partir del siglo pasado tuvo el redescubrimiento de las culturas
orientales, con su carga de mística y ocultismo, se ha planteado la incorrecta
idea de que todo esoterismo ha de ser forzosamente oriental. Orientalismo y
esoterismo han llegado a convertirse en sinónimos para la gente poco preparada,
desconociendo el hecho de que todas las antiguas civilizaciones han tenido
matices que aun pueden observarse en el presente en todas las tradiciones del
mundo, ni bien se quiebra la cáscara del snobismo y materialismo.
Otro error
frecuentemente es el creer en un elitismo espiritual, propio de aquellos que
han logrado realmente desentrañar los misterios. Aquí se observa una
disyuntiva, quienes realmente han logrado desentrañar los misterios, no
practican ningún tipo de elitismo y por el contrario, en aras de una
generosidad creciente vuelcan sus conocimientos en los demás hombres para
compartir entre todos el sagrado tesoro de la sabiduría. Y quienes se
consideran “seres a parte” gracias a sus conocimientos es que no han logrado desentrañar
ni el mas simple de los misterios, el de que la sabiduría une y no separa.
Sin
agotar el tema, señalamos también el peligro del esoterismo concebido como una
practica de fenómenos con el insaciable deseo de mover fuerzas que otros no
mueven y dominar poderes que otros desconocen.
Este
fenómeno se suele presentar en dos vertientes, bajo la farsa de quienes se
enriquecen aprovechándose de los incautos e ignorantes y bajo la saturación de
quienes jugando con fuego, terminan por quedar anestesiados para el verdadero
fenómeno de la transformación interior.
No es
trabajo fácil, pero si necesario, no existen trampas ni escamoteos, ni toques
mágicos que puedan regenerar al hombre, es con su propio esfuerzo, siguiendo
correctas vías a la velocidad adecuada como lo conseguirá. Por un camino
natural, pues los “milagros” no existen mas para los que creen en ellos,
basados en su ignorancia.
Un hilo
incandescente conectado a un acumulador eléctrico fue “milagro” para las masas
en la antigua babilonia, y la brújula era “milagrosa” antes de que los marinos
indo-árabes lo popularizaran. No ofrecemos milagros, ofrecemos soluciones. Y la
mejor solución es el hombre nuevo. No basta con cambiar el mundo ni ello es
necesario, con cambiar la perspectiva que del mundo tiene el hombre es
suficiente.
La clave
esta en el hombre y el es como decían los presocráticos, “la llave de todas las
cosas”.
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